De un lado a otro vas, titiritero,
haciendo de tu hambre caso omiso;
siempre errante, buscando el paraíso,
aunque ni un euro caiga en tu sombrero.
No pides grandes cosas a la vida:
cuatro cartones secos, una manta
y el sol que en la mañana se levanta;
solo es eso tu tierra prometida.
Malvives con tus tristes marionetas
manejando los hilos que las mueven,
representas historias que conmueven
a aquellos que contemplan las crucetas;
envueltos en la magia del momento
que de ellas se desprende. Y los atrapa,
como lluvia benéfica que empapa
la razón, la emoción y el sentimiento.
Te das por satisfecho y bien pagado
y reanudas contento tu camino
sin pararte a pensar por qué el destino
se empecina en llamarte fracasado.


